La mudez de las palabras
Es un largo río la tartamudez
donde cada palabra se estrella
contra sus propios márgenes
La lengua de la poesía es la punta de un iceberg, dice el poeta argentino Jorge Boccanera, pues las palabras murmuran entre dientes lo que no es posible comprender. Es como si la poesía fuera la sordomuda de este mundo. Es cierto. Al igual que Casandra, la sacerdotisa de Troya, los vaticinios que dicta la poesía no consiguen llegar a salvo a los oyentes. Su habla infructuosa es el canto que imaginan quienes oyen lo imposible. Este mismo principio aplica para la imagen de la tartamudez. Las palabras se atropellan entre sí y no atinan a decir con precisión lo que pretenden expresar. La poesía es la mutilación del sentido, como si las palabras se atragantaran con su propia garganta y toca entonces escupir pedazos de sí mismas.
Este es el escenario de la casa, la casi casa, donde viven las palabras del poema. De este asunto va el Libro de la tartamudez (2026) del poeta costarricense Byron Ramírez. Más allá de la cuestión metapoética que acabo de plantear, esta es también una obra de confesiones. En dicho hogar (u hoguera) hay un zaguán que conduce a la niñez del escritor y otro que lleva a la historia de sus ancestros. Abuela, Abuelo, Padre, Madre son aquí seres que traspasan el estatuto de los nombres comunes y se convierten en personajes o lo que es lo mismo, habitantes de la casi casa.
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